Por fin, mi cabeza funciona. No está mal, casi las cuatro de la tarde. Me ha llevado un tiempo de reparación, engrase y puesta a punto. Activo el interruptor y... las piezas empiezan a rodar. Un pelín más, un par de cafés y como nueva.
Vaya tardecita tenemos hoy aquí, la oficina medio desierta con el dito fútbol. Total, lo de siempre: cada vez que intento seguir un partido, creo que resisto alrededor de 10 segundos antes de que la pantalla se convierta en un rectángulo verde con voz y mi cabeza empiece a divagar por su cuenta, sin guía. Para qué ir, más que para escuchar a los demás pegar voces. El tópico,
los hombres se han ido. Aunque, si el tópico es cierto... ¿qué hace aquí el hombre de guatiné? ¿y el
rubio? Evidentemente, es una divagación sin importancia.
No os lo perdáis. El
rubio dice que es rubio con los ojos azules. Tendríais que verlo, un aire a Alfredo Landa versión rizos, grande (más hacia el centro de gravedad), gutural y sabihondo. Es de los que te rebaten un argumento con la mueca de
y tú qué sabrás, cuando el que no sabe es él. Un portento, el
rubio.
Cada vez entiendo menos a la humanidad, de verdad. Buah, hace ya tiempo que desistí de intentar comprender a un porcentaje de alrededor del 90% de las personas... las iba acumulando en el cesto de
Para comprender allá por la adolescencia, cuando todo era un reto, una aventura o una desgracia... hasta que el cesto desbordó y directamente lo saqué al tendedero de las causas perdidas. Ahí sigue, chorreando personas por la fachada para abajo. Menos mal que mi puñado de comprensibles está a salvo.
Claro, que guatiné tres cuartas de lo mismo. Y eso que últimamente ha mejorado bastante, al menos se abstiene de hacer preguntas fuera de lugar o de intentar acompañar a la última incauta recién llegada hasta su casa. O está escarmentando con los hachazos, o está aprendiendo por qué se los dan. Como no le entiendo, pues no sabría deciros, aunque para mí que es la primera. Fue la astrofísica quien le puso el nombre, por lo marujo. Pobres marujas.
Gol, oigo por ahí. Ni un ring del teléfono ni un ruido aparte de los que salen de las entrañas del
rubio.
Tendré que volver a destapar el fosforito que me regaló Dorothy y seguir marcando las ingeniereces que me encuentro en este texto...